
Por un lado, el intendente de El Carril, Efraín Orosco, confirmó que este año no habrá festival. Lo hizo argumentando razones estrictamente económicas y financieras. Según explicó, el histórico Carrileñazo arrastra desde hace años números deficitarios, incluso cuando apostaron por artistas nacionales, promociones agresivas y hasta sorteos de automóviles para atraer público. “Nunca pudimos superar las 5.000 personas”, sostuvo el jefe comunal, quien remarcó que el último festival apenas dejó un margen de ganancia mínimo después de tres noches de organización.
El dato no es menor: El Carril tiene cerca de 10 mil habitantes y, según reconocen desde el propio municipio, la caída de la coparticipación y el contexto económico nacional obligan incluso a analizar recortes en servicios básicos, como la frecuencia de la recolección de residuos. La postura de Orosco parece responder a una lógica de administración conservadora: evitar riesgos financieros y buscar equilibrio en las cuentas públicas.
Sin embargo, mientras El Carril pone el freno, Rosario de Lerma acelera. El intendente Sergio Ramos confirmó la realización de “Rosario le Canta a la Patria” para el próximo 23 de mayo y anunció nada menos que al Chaqueño Palavecino como figura principal. El festival promete ser gratuito o con entradas populares, en un contexto donde muchos municipios directamente dejaron de apostar por este tipo de eventos.
La explicación política de Ramos fue directa y, para muchos, también cargada de mensaje hacia otras gestiones del Valle. El jefe comunal aseguró que la clave estuvo en reducir gastos estructurales y “costos innecesarios” heredados de administraciones anteriores. Habló de municipios donde hasta el 95% del presupuesto se destinaba a sueldos, cuestionó contrataciones irregulares, gastos políticos y alquileres vinculados a familiares de exfuncionarios.
Desde Rosario de Lerma sostienen que el festival no es un gasto sino una inversión económica y cultural. La lógica es: un evento masivo mueve hoteles, gastronomía, feriantes, vendedores ambulantes, transporte y comercio local. “Los vecinos generan ingresos que les permiten sostenerse varios meses”, planteó Ramos, defendiendo el rol dinamizador que tiene la cultura en tiempos de crisis.
Y allí aparece el verdadero debate de fondo: ¿qué debe hacer hoy un municipio frente a la crisis? ¿Priorizar únicamente el equilibrio fiscal o apostar también al movimiento económico y social que generan ciertos eventos populares? La discusión excede a dos festivales. En el Valle de Lerma comienza a asomar una disputa sobre modelos de gestión, prioridades políticas y formas de administrar recursos en tiempos complejos.
Porque mientras un municipio opta por el ajuste y la cautela financiera, otro decide invertir en un evento popular como herramienta económica, cultural y política. Y en el medio, los vecinos observan, comparan y sacan sus propias conclusiones.
Valle de Lerma Hoy
