
Una familia promedio necesita al menos dos garrafas de 10 kg por mes para cocinar, lo que implica un gasto mínimo de $40.000 mensuales. Si además se intenta calefaccionar con una segunda garrafa, el gasto puede escalar a $80.000 mensuales. Eso, claro, sin contar la falta de gas en días de alta demanda o la falta de entrega en algunas zonas rurales.
En contraste, una familia con acceso a red de gas natural paga entre $10.000 y $20.000 por mes. Con ese monto puede usar sin restricciones cocina, horno, agua caliente en baños y calefacción por radiadores o estufas. La diferencia no es menor: en los pueblos sin red, no solo se paga más, sino que se vive con más limitaciones. La cocina funciona con lo justo, el agua caliente depende del termotanque o calefón eléctrico (sumando otra carga a la factura de luz), y calefaccionarse en invierno se convierte en un lujo.
La desigualdad energética es grande: quienes más necesitan asistencia, terminan pagando el gas más caro y con menor calidad de vida. Mientras tanto, los proyectos de ampliación de red de gas avanzan con lentitud o ni siquiera figuran en las agendas municipales y provinciales.
Valle de Lerma Hoy
