Hay seis detenidos y el centro cerró en diciembre. Ya ni la Iglesia se anima a negar lo que pasaba allá adentro. Las violaciones y vejaciones de todo tipo —una adolescente denuncia que fue encadenada y objeto de abusos por cuatro personas a la vez— se producían casi siempre en un altillo, en una sala a la que llamaban “la casita de Dios”. La policía encontró las cadenas y material pornográfico.
“Varios testimonios coinciden. Primero, la monja Kumiko Kosaka golpeaba a los menores para probarlos. Los que se resistían, se salvaban. Los que eran sumisos terminaban siendo abusados”, explica Sergio Salinas, abogado de varias víctimas y gran impulsor de la causa apoyado por su asociación, Xumek. Una niña de cinco años, hoy adolescente, fue violada repetidamente por Corbacho, otro cura del Provolo detenido. “La monja la llevaba a la habitación del cura, a sabiendas, y un día le puso un pañal para disimular la hemorragia y poder llevarla al comedor. Le dolía tanto que no se podía sentar. Ella les hizo ver pornografía, hacía que las niñas se tocaran. Eran niños muy pobres, con familias con problemas, que apenas les veían porque estaban internados. Además los elegidos eran los que tenían más dificultades para comunicarse con sus padres, los que no conocían el lenguaje de signos”, dice Salinas.
Por CARLOS E. CUÉ para El País.