
Las tareas continúan sobre focos subterráneos y puntos calientes que aún representan un riesgo de reactivación. El principal desafío para los equipos de emergencia ha sido precisamente el comportamiento del fuego bajo tierra, una situación que dificulta su extinción definitiva y obliga a mantener un importante despliegue operativo en la zona.
Pero mientras los recursos se concentran en evitar nuevos focos, la verdadera magnitud de la tragedia comienza a hacerse visible. Gran parte de la superficie afectada corresponde a bosque nativo, incluyendo ejemplares de algarrobo con más de cien años de antigüedad. Árboles que tardaron generaciones en crecer desaparecieron en cuestión de horas, dejando una profunda cicatriz ambiental cuya recuperación demandará décadas.
La pérdida no puede medirse únicamente en hectáreas. Cada porción de monte arrasada significa menos biodiversidad, menos refugio para la fauna silvestre, menos capacidad de retención de agua y una mayor exposición a procesos de erosión y desertificación. En una región donde el avance de los médanos y la fragilidad ambiental son preocupaciones permanentes, cada incendio agrava un problema que parece repetirse con alarmante frecuencia.
Y es justamente allí donde surge el interrogante que cada vez más vecinos plantean con preocupación: ¿cuántos incendios más necesita Cafayate para que se tomen medidas efectivas de prevención? Este fue el cuarto foco ígneo registrado en menos de un mes. Otra vez el fuego avanzó sobre áreas sensibles. Otra vez bomberos, policías y brigadistas arriesgaron sus vidas. Otra vez comunidades enteras observaron con impotencia cómo una parte de su patrimonio natural desaparecía entre el humo.
Durante los momentos más críticos, las llamas amenazaron sectores cercanos al aeropuerto, la planta solar y viviendas de Pueblo Nuevo. Impulsado por el viento Zonda, el fuego incluso cruzó la Ruta Nacional 68, elevando el nivel de riesgo y exponiendo la vulnerabilidad de la zona frente a este tipo de emergencias.
Valle de Lerma Hoy
