
Hay personas que, aun atravesando las circunstancias más difíciles, conservan una manera extraordinaria de mirar la vida. Sandra Aguirre es una de ellas. Vecina de Campo Quijano, enamorada de su pueblo, apasionada por el canto y el Newcom, lleva consigo una historia que comenzó con un diagnóstico inesperado, pero que con los años se transformó en un testimonio de fortaleza y perseverancia.
En 2017, Sandra descubrió una anomalía en uno de sus pechos. Apenas dos meses antes se había realizado sus controles médicos y nada parecía indicar que algo estuviera mal. Sin embargo, conocía su cuerpo y aquella señal fue suficiente para buscar nuevamente atención médica. Llegaron los estudios, la biopsia y finalmente una noticia que nadie está preparado para escuchar: tenía cáncer de mama.
Lejos de ocultar el miedo detrás de un discurso de valentía, Sandra recuerda aquel momento con una serenidad que sorprende. Sabía que debía enfrentar un tratamiento complejo, pero también tenía una razón enorme para seguir adelante: sus hijos. “Yo lo tomé muy tranquila, más aún pensando en mis hijos”, recuerda.
Y así comenzó una batalla que no solo pondría a prueba su cuerpo, sino también su capacidad para adaptarse a una realidad completamente nueva. Una de las primeras advertencias de su oncóloga fue que perdería el cabello como consecuencia de la quimioterapia. Sandra, fiel a su personalidad, decidió adelantarse. No esperó a que el tratamiento se lo quitara: se rapó la cabeza antes de comenzar.
“Yo fui peladita a mi primera quimioterapia”, cuenta con naturalidad. Lejos de esconderse, convirtió los pañuelos en parte de su estilo. Los combinaba con su ropa, elegía colores y encontraba en esos pequeños detalles una manera de seguir siendo ella misma. Porque Sandra nunca quiso que el cáncer le arrebatara su identidad, su alegría ni esa particular forma de plantarse frente a las adversidades.
Pero su historia no terminó con aquellas primeras sesiones de quimioterapia. Hoy continúa bajo seguimiento médico por una metástasis pulmonar, una realidad que relata sin dramatismos, aunque reconoce que convivir con la enfermedad está lejos de ser sencillo. “No le voy a decir que es lindo. Es horrible, no se lo deseo a nadie”, admite. Sin embargo, inmediatamente aparece esa fuerza que atraviesa toda su historia: la decisión de continuar, de cumplir con cada tratamiento y de no abandonar los controles.
Mamografías, ecografías, análisis y estudios forman parte de una rutina que puede resultar agotadora, pero que Sandra asume con absoluta responsabilidad. “Yo me hago todo, no me descuido jamás”, asegura. Y entonces pronuncia una de las frases más profundas de su testimonio: “Te hacés amiga del cáncer”. No porque haya dejado de doler, ni porque la enfermedad se haya vuelto menos difícil, sino porque aprendió a convivir con una realidad que no eligió, sin permitir que se llevara por delante todo lo demás.
En el marco de un Octubre Rosa que comienza a despedirse, desde Valle de Lerma Hoy, junto a la licenciada en Obstetricia Johanna Valdez, quisimos compartir una historia que va mucho más allá de las campañas, los lazos rosas y las estadísticas. Porque detrás de cada diagnóstico existe una persona, una familia, sueños, temores y una vida que merece ser escuchada. Sandra no habla desde una victoria definitiva sobre el cáncer. Habla desde el presente, desde los tratamientos, desde la incertidumbre y desde la extraordinaria decisión de seguir disfrutando de la vida.
Y cuando se le pregunta qué le diría hoy a aquella Sandra que recibió el diagnóstico en 2017, su respuesta resume años de lucha, aprendizaje y coraje: “Que ha salido muy bien la Sandra. Fuerte, fuerte. Las mujeres somos fuertes”. Quizás allí esté la enseñanza más valiosa de su historia: la fortaleza no siempre consiste en vencer una enfermedad. A veces consiste en levantarse cada mañana, continuar con los tratamientos, cantar, disfrutar de lo que uno ama y seguir encontrando motivos para sonreír.
Valle de Lerma Hoy
