Medio siglo de errores: Una sola represa, desagües tapados y obras que empeoraron todo

Este 20 de enero se cumplieron 50 años de la mayor inundación registrada en La Merced y Rosario de Lerma. En 1976, con apenas 70 milímetros de lluvia, el temor fue grande, pero los daños fueron limitados. Medio siglo después, el panorama es infinitamente más grave y deja al descubierto una verdad incómoda: hoy el agua no hace daño por la lluvia, sino por las decisiones humanas.

El miércoles pasado, en menos de una hora, cayeron más de 110 milímetros en la zona de la Ruta 49, camino a Los Vallistos. El resultado fue tremendo, La Merced bajo agua, rutas nacionales anegadas y pérdidas económicas concretas. Pero el desastre no fue natural. Fue anunciado, repetido y, sobre todo, evitable. Productores, técnicos y vecinos coinciden en el diagnóstico, desagües naturales tapados por intereses privados, falta absoluta de controles, loteos mal planificados y un Estado que miró para otro lado durante décadas. El cóctel es letal y se activa cada vez que llueve fuerte.

Durante recorridas por las zonas inundables entre La Merced, Rosario de Lerma y Cerrillos, se constató una práctica tan extendida como ilegal, canales naturales y huaicos —depresiones que drenan el agua— fueron bloqueados deliberadamente por algunos productores, en su mayoría tabacaleros, para proteger campos propios. El agua, sin salida, busca el camino más corto: los pueblos.

En ese contexto, la única represa de contención construida en la finca Seminario, entre la Ruta 49 y la Ruta 22, aparece como una excepción que confirma el fracaso general. El proyecto original contemplaba entre ocho y once represas para todo el Valle de Lerma. Solo se hizo una. Funcionó, amortiguó el caudal y evitó una tragedia mayor. Pero no alcanza.

La inundación que castigó a La Merced no llegó desde esa represa, sino por la calle San Martín, donde terraplenes y cortes ilegales desviaron el agua directamente al casco urbano. Cartografías oficiales muestran claramente los desagües que deberían evacuar el caudal hacia cañadones alejados. Hoy, esos caminos están cerrados. Nadie controla. Nadie sanciona. El propio Estado también es responsable. Barrios populares como Güemes fueron construidos sobre antiguos desagües naturales, alterando de forma irreversible el escurrimiento. Los productores lo resumen sin rodeos: desviaron el agua a privados poderosos, particulares comunes y el Estado. Nadie quiso entender las consecuencias.

A este escenario se sumó otra promesa incumplida: la obra de riego presurizado del Río Toro, ejecutada por CEOSA e inaugurada en 2018 como “la más importante de Latinoamérica”. A más de cuatro años, los caños atraviesan campos y caminos, pero no funcionan como deberían. Hay roturas constantes, válvulas defectuosas y una modificación peligrosa del curso natural del agua. Lejos de solucionar algo, el sistema aceleró el escurrimiento desde Rosario de Lerma, aumentando el impacto en campos, rutas y barrios. Productores aseguran que viviendas centenarias, que jamás se habían inundado, comenzaron a hacerlo tras la obra.

Hoy, a 50 años de aquella crecida histórica, el Valle de Lerma enfrenta un problema más grave que entonces. No por la lluvia, sino por décadas de improvisación, mezquindad, falta de planificación y ausencia de control. La historia se repite, pero cada vez con consecuencias más costosas y dolorosas. Y el agua, como siempre, termina pasando factura.

Valle de Lerma Hoy 

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